
Los riojanos que llegan a América se encuentran
con una sociedad más moderna y avanzada que la
que conocían y, huyendo de la vida rural, la mayoría
se instala en las ciudades. Los primeros tiempos
son de trabajo duro, sacrifi cio y ahorro para alcanzar
la prosperidad que no todos consiguen. Los paisajes
eran muy distintos, los sabores, las costumbres y
hasta la gente. Aquellos que lograron adaptarse
a este nuevo medio y formar parte activa de la
sociedad salieron airosos y consiguieron el éxito en
sus negocios, pero aquellos a quienes la nostalgia
y el infortunio les ganó tuvieron que afrontar el
fracaso.
Entre las expectativas de
los emigrantes se encuentra
la de facilitar una vida
mejor a sus hijos. Gracias
al esfuerzo de toda la
familia, los niños criados en tierras americanas gozan de juguetes y de un nivel
cultural superior al de sus
coetáneos en los pueblos.
El ritmo de las grandes ciudades
sorprende a los emigrantes riojanos, que
fascinados por la modernidad no dudan en disfrutar de actividades hasta entonces desconocidas.
Los emigrantes riojanos nunca olvidaron su tierra que les vio nacer y
por ello crearon centros y sociedades
para mantener vivos los recuerdos, la
cultura y las tradiciones de La Rioja
y para apoyar a aquellos compatriotas
que tenían dificultades económicas.
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